No todo está dicho


Terror al silencio

Terror al silencio

Salgo en la madrugada, el silencio invita a contemplar la arquitectura ecléctica de la ciudad de Güines, la singular belleza de algunas fachadas, rejas, pisos de diversas formas, esos detalles que obviamos por la prisa.

Pero al punto revienta a mis espaldas una música atronadora, como parte de la estructura también singular de los bicitaxis. Cesó la tranquila alborada, comienza la jornada del estrépito, el festival de la bulla con ese ruido infernal que invade el pueblo.

 Cruzo apresurada otra avenida, pero es en vano. La serenidad de las calles es aplacada por otros sonidos de alta intensidad: camiones con remolques a velocidades prohibitivas, conductores de los conocidos paneles prenden los equipos de audio y  sale en el hit parade SALTE DEL SARTÉN que da la bienvenida a la madrugada.

A este ocurrente tema se suman otros reguettones de la peor factura. Y no se me vaya a tener por austera. Disfruto cierta música popular, tan llena a veces de auténtica gracia, hay boleros con ángel y canciones que tienen mucho de duende, otras las considero pequeñas obras maestras.

 No pido evidentemente  que tengan en sus ficheros la Novena Sinfonía de Beethoven. Pero, por qué se las arreglan para moler siempre a todo volumen lo más chabacano, vulgar, detestable, un repertorio cuyo estilo es indefinido.

He conversado con algunos choferes que no pueden prescindir de  la música aunque vayan solos. Les aterra la perspectiva de viajar en silencio.

Qué decir en las  tardes cuando llegamos a casa y el vecino toma el mando e impone sus gustos con decibeles tan altos para que todos en el barrio sepan el wataje de su equipo de música.

O la existencia  también de una raza humana que no acierto a comprender: la de los que leen, estudian, se enteran del contenido de un libro con un equipo de audio al lado, o  peor, con audífonos.  Imponen a su espíritu el más absurdo desdoblamiento, saltan de la letra impresa a la letra hablada alternativamente, sin atender ni entender  ninguna de las dos.

Experimentamos el ruido en diversas formas, desde  que prendemos un aire acondicionado  hasta cuando disfrutamos de un batido, luego de triturar en la máquina leche, hielo y  frutas.

En la actualidad se encuentra entre los contaminantes más invasivos. Levantan una pared sonora que nos impide capturar las sutilezas del entorno acústico.

Resulta lamentable que desde temprano en  la madrugada el inacabable estrépito nos impide un poco de calma para contemplar en silencio la arquitectura de esta pequeña ciudad de Güines, o simplemente nos prohíbe la inocente diversión de charlar tranquilos por las calles de  este pueblo.

Agradezco una anécdota que aparece en El camino de Ispahán, de Pierre Loti. Cuenta  que  un viajero observaba varios individuos envueltos en sus mantas sin  hablar, contemplando el hermoso paisaje que se extendía a sus pies.

Al cabo de muchas horas el viajero regresa y los encuentra en el mismo sitio, callados. Y pregunta qué hacen  éstos: pues, mirando, responde un pastor con la mayor naturalidad, como si se tratara de una ocupación cualquiera.

Y es que ese don de saber mirar que el viajero descubría, ese poder de contemplar en silencio y con gozo,  es algo que con la modernidad hemos perdido.

Porque  no creo que ese perpetuo  aturdimiento, esa división mental, ese terror al silencio vayan a enriquecer mucho al Hombre moderno. ¿O es que por estar a  solas consigo mismo   ese Hombre tiene miedo de encontrarse?