No todo está dicho


Las aceras

Las aceras

Escenarios de tertulias vecinales, diálogos para resolver o contar asuntos del trabajo, en eso  y  en muchas cosas más se han convertido las aceras de Güines.

Con las piernas extendidas, o descansando, muchas personas no se percatan de que interrumpen el paso,  no contienen la vulgaridad en el habla ante el paso de ancianos, mujeres o niños. Existe poco  respeto.

Muchas  aceras de esta Villa, por donde transito todos los días de mi vida, son espacios donde se violan las más elementales normas de cortesía y convivencia, sin que nadie llame la atención a los infractores, más allá del reclamo individual de algún que otro vecino.

Atravesados en la acera, como un miércoles, automóviles particulares esperan con paciencia que sus pasajeros terminen de paladear un buchito de café o den el último aviso a la jefa de familia lo que debe comprar lo que falta en casa, en fin.

Las puertas de los garajes particulares abiertas de par en par, imposibilitan todo paso. También son parqueo especial de los bici taxis. No queda otro remedio que bajar a la vía y exponernos al peligro del veloz tráfico.

Lo mismo sucede, a cualquier hora, con los carros de descarga de mercancías. En el afán de apurar o facilitar la entrada de productos a las tiendas, ignoran que la calle es su sitio y obstruyen el caminar de los peatones.

Sucede en la calle Alvarez, cerca de mi casa,  donde existe un almacén central,  cuyos vehículos se disponen a  no dejar pasar ni las bicicletas, porque  son de tan alto tonelaje que ocupan también las aceras, lado a lado (como el título de una novela mexicana) de esa estrecha arteria güinera.

Pero diremos también que las aceras en este pueblo se han tornado espacios de peligro por el alto grado de deterioro que muestran casi todas.

Es difícil hallar   una cubierta de  cemento, bien pulida. No, eso es casi imposible. Es común verlas sin las  tapas del alcantarillado, rotas.

Uno salta, rodea, baja la avenida  con el peligro de que un auto nos pase por encima

Hablamos con frecuencia de cuán necesario es abolir las barreras arquitectónicas para aumentar la calidad de vida de las personas con limitaciones físico-motoras.

Es paradójico entonces que cotidianamente se establezcan nuevos obstáculos a causa de modos de comportamiento irracionales, sin atender reglas que llamen al orden a quienes no respetan el derecho ajeno.

No puede olvidarse tampoco, que gran parte de los cubanos ha llegado a lo que se denomina la tercera edad. Nuestros abuelos y abuelas, de caminar más pausado y reacciones más lentas, necesitan una ciudad más amigable, menos ruda en sus hábitos.

Todos necesitamos que al andar por ahí, por esas aceras, no se convierta en una interminable carrera de obstáculos.