No todo está dicho


¿Buena o mala memoria?

¿Buena o mala memoria?

 

 

Nadie tiene una buena o mala memoria de nacimiento. Podemos nacer con una predisposición o facilidad para manejar las imágenes, utilizar el lenguaje, prestar atención… Todo ello contribuye a tener una buena memoria.

Sin embargo, el papel de aprendizaje y los hábitos que vamos adquiriendo es determinante. Según me revelan mis amigos, tengo una excelente memoria, lo cierto es que siempre la he entrenado, sobre todo en aquello que me interesa, que es casi todo.

En la infancia, tanto en la familia como en la escuela, aprendemos a emplear las estrategias y procesos de memoria, repetimos los movimientos y las palabras, asociamos los olores con la comida, organizamos los juguetes por categorías, relacionamos los colores….

Lo primero que aprendemos es a repetir, más adelante a asociar y organizar las palabras, con el tiempo comenzamos a utilizar las ayudas externas como agendas, calendarios….

No hagamos como una prima mía que según mi tía leía de maravillas, pero en realidad recitaba de memoria una poesía sobre una famosa paloma de papel, y situaba el dedo en la palabra que creía estaba leyendo. Esta “trampa”  casi provoca un infarto a mi querida tía.

Lo cierto es que la vida diaria nos obliga a utilizar la memoria,  y así vamos desarrollando hábitos para resolver los problemas de retentiva. Entendemos, por lo tanto, que la memoria es una capacidad que se va ampliando con la edad y el uso que hagamos de ella.

Vale el refrán o frase del pueblo que todo lo que se ejercita, se mantiene y mejora; lo que no se ejercita, se pierde.

Se suele decir que una persona tiene una memoria privilegiada porque recita poesías completas, cita textos clásicos, recuerda fechas históricas o narra hechos ocurridos hace 20 años, que otros no conservan en la mente.

Y  en tales casos la memoria se alaba como un don excepcional del que muchos mortales se ven privados.

Pero habría que ver si la memoria como una suerte de iluminación particular, como un regalo especial  de la naturaleza a otros individuos, no constituye, por el contrario, una riqueza que todos poseemos aunque adaptadas a las exigencias de cada actividad humana.

Conozco personas que tienen  fama de poseer una memoria privilegiada para unas cosas, para otras adiós fortuna.

Qué me cuentan de los actores o  actrices quienes se aprenden un papel de drama o comedia en un tiempo increíblemente corto, o el caso de muchos directores de orquestas, músicos capaces de dirigir una pieza compleja sin un papel a la vista, pero son incapaces de recordarse el número de la casa donde viven.

El buen jugador de dominó lleva la cuenta de todas las fichas que  hay colocadas sobre la mesa;   y un  Marcel Proust, novelista nato, fue capaz de reconstruir, en sus menores detalles, la vida del gran mundo parisiense  que había conocido antes de verse postrado en su lecho de asmático, entre pociones y calmantes.

Creo que todo individuo tiene la memoria que le es necesaria para cumplir su misión. Existe una memoria de ganadero, como existe una memoria matemática  o  una pictórica.

El oficio aguza la retentiva en un  sentido determinado.  Y cuando se dice que las mujeres somos olvidadizas, lo que ocurre en  realidad es que de acuerdo con un mecanismo muy estudiado por  Freud, sólo nos olvidamos de lo que no queremos acordarnos.